domingo, 5 de octubre de 2008

EL CARABANCHON





Dormíamos toda la familia en la misma habitación, paredes abruptas encaladas de arriba a abajo. Separadas las camas de los niños, menos niños y adultos tan solo por finas sábanas colgadas del techo a modo de cortinas. Rassss, rassss., se oía a nuestro paso.
Los niños al fondo, frente a las minusculas ventanas enrejadas, y los mayores a la entrada de la estancia, junto al tranco de la puerta.
Pasaba mis noches de verano sentada en la ventana asomando mi carita entre las rejas, inspirando aquel aroma andaluz inolvidable para mí... mientras se oía en la lejanía los quejíos y los zapateados de los gitanos de las cuevas.
Mi vista se perdía en la lejanía oscura, alumbrada sólo por la majestuosidad de la Alhambra. Entonces cerraba los ojitos allí aferrada a mi reja y deseaba no olvidar jamás aquellas vistas, quellos olores, aquel sonido lejano...quizás presagiando que tardaría décadas y décadas en volver....si es que algún día vuelvo.
A mitad de la habitación habia una puerta de madera antigua, con un gran cerrojo que siempre nos fascinó. Mi primo el mayor había averiguado dónde mi abuelo guardaba la llave y un día de domingo en que todos estaban en misa, los niños robamos la llave para abrir aquella misteriosa puerta que se nos estaba prohibida.
Al abrirla descubrimos fascinados: "el Carabanchón". Un cubículo diminuto, donde mis abuelos guardaban sus cosas más preciadas: cuadros, fotos, ropajes antiguos, utensilios de cobre, joyas....pero sobre todo sobre todo estaba aquel gran agujero en el suelo por el que pendía una cuerda, y al final de ella .....la CAMPANA.
La campana de la ermita que estaba pegada a nuestra casa, de hecho mi abuelo era el sacristán.
Aquel descubrimiento nos emocionó hasta tal punto que cada noche nos hacíamos los dormidos muy temprano para podernos ir a dormir antes que los mayores y podernos meter en el carabanchón impunemente....y allí escuchar cómo nuestro abuelo y el cura o algún otro parroquiano se llenaban la tripa de vino mientras contaban chistes verdes, o criticaban a algún vecino....o relataban historias espeluznantes sobre la ciudad que aún ahora recuerdo con escalofríos.
Allí nos quedábamos horas encerrados enmedio de la oscuridad todos los primos, acuclillados, en silencio, escuchando todo cuanto acontecía en la iglesia. Hasta que oíamos ruído de que los mayores se iban a dormir y todos corríamos a nuestras blancas camitas de sábanas rígidas y ásperas a hacernos los dormidos...
Las mañanas de los domingos todos nos levantábamos temprano y echábamos carreras cuesta abajo con las legañas en los ojos y los cabellos aún enmarañados para ser el primero en acceder a la puerta de la ermita y que nuestro abuelo al abrir la iglesia nos dejara tener el honor de tirar de la cuerda de la campana. Una campana que recuerdo enoooorme, y de la que nos colgábamos y balanceábamos con ayuda de otro primo para lograr hacerla sonar.
El día de mi comunión todos los niños participamos en arreglar la iglesia. Vestimos los bancos con todas las sábanas blancas que recogimos en casa y que las monjas nos pudieron proporcionar.
Luego le fuimos insertando con alfileres claveles rojos que a mi madre le habian costado un riñón y parte del otro. Barrimos la ermita y luego nos pusimos todos guapos para la gran fiesta. Ese día yo no pude subirme a la campana...me habian tenido que hacer un traje de comunión a medida porque no encontraron en toda la ciudad uno de mi talla y no era cuestión de estropearlo habiendo salido tan caro.
Mis recuerdos de infancia bailan entre los olivos, las lagartijas , el pozo de la bruja, las pencas y los higos-chumbos que mi abuelo nos pelaba con aquellas manos callosas mientras yo miraba intrigada cómo era capaz de sujetar aquel perenne cigarrillo entre su desdentada boca.
En el corral había un gallo peleón, con el que debías luchar si querías ir al baño...un agujero en el suelo sobre el que te tenías que acuclillar mientras intentabas evitar los picotazos de semejante bestia. Además por el camino debías ir sorteando algún excremento de cabra, a los conejos y algún que otro pollo juguetón.
El día que mis abuelos despedazaban un conejo amigo nuestro, ningún niño comía. ¿Como ibamos a comernos aquellos angelitos dulces??? Tan delicados, tan blanditos.... En cuanto nos avisaban nuestras madres de que la matanza iba a producirse, echábamos a correr todos los niños cuesta abajo para no oir al pobre animal, y no aparecíamos por casa hasta el anochecer.
Nos íbamos a "Ca la Mosca" a molestar al Señor Mariano pidiéndole un vaso de agua cada niño, o nos sentábamos en la fuente donde mi madre perdió un dedo siendo niña y contábamos historias terroríficas que nos íbamos inventando a medida que escuchabamos las de los otros.
También íbamos a visitar a nuestros otros abuelos, en la otra punta de la ciudad. Tengo la imagen de mi abuelo sentado siempre delante de la puerta de su casa, vistiendo traje pantalón negro con sombrero y un bastón. Con gran porte.
Siempre nos recibia con unas moneditas y nosotros nos íbamos corriendo a la tienda de los dulces a comprar "ninas" que allí se llaman cromos, y caramelos.
Por las noches, algunas veces, nuestra abuela nos dejaba deshacerle el eterno moño y peinarle su larguisima cabellera blanca mientras nos contaba historias de la guerra, de los dos frentes y de lo que tuvieron que penar para tirar adelante, mientras besaba su estampita. Una estampita de un señor de larga barba blanca que hace pocos años encontré en casa de mis padres y que reconocí enseguida...
El año que emigré de allí aún era muy niña. Me pregunto si alguno de mis primos se acordará de mí y de nuestras correrías. Sé que la ermita sigue en pie, pero me pregunto cuánto habrá cambiado. Qué habrá sido del carabanchón, de nuestras habitaciones, del corral...¿Seguirá oliendo igual desde mi ventana?
No hace mucho ví por television una procesión de semana santa. De noche. Un hervidero de personas iban subiendo una cuesta portando antorchas, mecheros que iban encendiendose al paso de los costaleros que llevaban una Cruz mientras le iban cantando al Cristo de los Gitanos.... Se me heló la sangre. La cuesta era "nuestra" cuesta. Y la ermita donde llevaban la cruz, era "mi" ermita.


2 comentarios:

Pugliesino dijo...

Llevo un buen rato queriendo expresar,escribir,sobre el relato que acabo de leer.No sabría como hacerlo.
Decirte sí que me has llevado en un maravilloso viaje a través del tiempo y me has hecho recordar momentos que siempre conservé pero que no caía nunca en revivir.
Muchísimas gracias por compartirlo.
Un abrazo!

Fionna dijo...

Gracias a tí, Carlos, por volver a ser un niño, otra vez..
Este mundo está falto de niños....